sábado, 8 de agosto de 2015

El suave rugido de la sangre



La sangre brotaba de su espada y  torso, manchando el suelo a tiempos alternos, dejando un rastro discordante.  Su hoja se había mellado y sangraba profusamente de las múltiples heridas que le habían infligido. Estaba exhausto. Y aún así una sonrisa cruzaba su rostro.
Se decía que había nacido en la batalla. No era cierto en el sentido literal del término, pero sí en el sentido espiritual. Había estado allí, sangrando con sus hermanos, hundido en el barro, muerto, y había resucitado.
Cuando su juicio volvió, había pasado demasiado tiempo. La lluvia había dejado de caer, los cuervos y otras alimañas se habían dado un festín con los caídos; sobre su piel, trozos de algo informe se secaban al sol.
¿Cuanto tiempo había pasado? Lo desconocía. Sus hermanos habían contenido el ejército de aberraciones para que pudiese entrar en la cripta y todo había pasado. 
La calma y el zumbido de las moscas casi le enloquecían.




El rastro se dirigía al norte. 
Lo había seguido durante días, al principo era un rastro sangriento, fresco, el rastro que deja un guerrero. Ahora era un rastro casi oculto por la nieve. Las huellas se hundían, aparecían y desaparecían. 
El mundo se hacía irreal en esas latitudes. El aire era poco denso y se hacía difícil respirar. El frío desde luego, no ayudaba. Hacía casi dos ¿tres? días que no conseguía dormir y descansar correctamente. No era ya consciente del paso del tiempo y un día se solapaba con otro. Sus habilidades de supervivencia se habían puesto aprueba en varias ocasiones. No había conseguido salir victorioso de todas ellas. Sí las suficientes como para seguir con vida. 
Masticó la limpia nieve en su boca para que se derritiese y así hidratarse. Sus labios estaban cuarteados por la sed y el blanco paisaje de las montañas se extendía uniforme en todas las direcciones. El sol parecía difuminarse en el cielo nublado. No tenía más guía que aquel rastro.
Dos días más. Por las noches, le parecía escuchar risotadas en sueños.


El altar le sorprendió. La muerte significaba vida, cerca debía haber algún asentamiento humano.  Eso le dio nuevas fuerzas. Ese día pudo descansar y cazar. Estaba equivocado.

Los días volvieron a sucederse. uno tras otro. Estaba al límite. Exhausto. Un día más. ¿Un día? No. Sólo le quedaban horas. Su mente ya estaba abrazando la inconsciencia y las imágenes de su vida desfilaban ante sus ojos. Imágenes. Recuerdos. Rió en voz alta y su risa reverberó entre las montañas, se scuchó su eco aquí y allá. ¿Y el rastro?. El rastro. Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja . El rastro. 
Cayó sobre sus rodillas. Volvió a alzarse y andar mecánicamente. ¿Hacia dónde? Ya no le quedaban fuerzas y desconocía cómo podía seguir andando.  El sudor se apelmazaba en su frente y ya no sentía el frío. Sabía, en el extremo de su percepción, que estaba ahí: La nieve, el vaho, las puntas azules de sus uñas, la fina y blanca capa sobre sus ropas. 
En ese momento paró. Se derrumbó, volvió a alzarse apoyándose en una rama que había convertido en bastón. Hacía tiempo que viajaba ligero de equipaje. Hacía más de un mes que dejara atrás la armadura. Hacía semanas que había dejado atrás sus armas, conservando solamente su cuchillo de mango largo. Volvía a alzarse. Sin fuerzas. Se arrastró. 
Y el mundo fundió a negro.

Cuando despertó, volvió a escuchar las risotadas. Sentía hormiguear su pierna izquierda. Intentó moverse y no pudo. Se escuchaba el crepitar de un fuego y sentía el calor en sus huesos, extendiéndose por todo su cuerpo. Sentía peso en todo su cuerpo y cuando, lentamente, pudo abrir los ojos, descubrió que eran varias pesadas mantas hechas con pieles. El pié izquierdo volvió a molestarle, pero estaba demasiado débil y no pudo moverse. El fuego iluminaba la estancia; a su alrededor el techo estaba cubierto de paja y pieles de animales, la estancia era de piedra, las paredes forradas de pesados tapices entretejidos de lino y el suelo de madera, también parcheado con pieles y tapices. Varias siluetas reían al fondo. No podía distinguirlas. Ahora le picaba la rodilla. Pudo al fin reunir fuerzas y extendió el brazo derecho. Le faltaba el meñique. Torció el gesto y el esfuerzo hizo que le empezase a doler la cabeza. Se fue a rascar la rodilla, ya no aguantaba, comenzó a pensar si aquellas pieles no tendrían alguna pulga. Bajo el muslo no había pierna. Gritó.
Y el mundo fundió a negro una vez mas.

Despertó y volvió a perder la consciencia varias veces más. Cuando por fin pudo incorporarse en la cama, una figura alta y desgarbada, fuerte, con expresión serena y amistosa le esperaba al borde de la misma. 

-- Salutaciones. Este es el hogar de la Hermandad de la Espada Negra. Bienvenido a Inenil....